La oscuridad, reflejo de un instante perdido en la memoria. El silencio, cántico perdido y abandonado en desgracia de sus fieles seguidores. Llanto, que se torna alegría incontenida huyendo de una realidad camino a la inventiva e imaginaria. Sueños que de tanto frustrarse se hacen más intensos. Vidas que de un día para otro quedan en el olvido a manos del viento ensordecedor. Nadie se para un segundo a observar el camino, nadie aprecia la belleza.
Son muchos los que gritan a los cuatro vientos, muchos los que desean darse a conocer, fama estúpida desvirtuada y carente de personalidad. Pocos son los que callan y otorgan, los que mantienen en vilo al silencio, en los que perdura la credibilidad. Sin embargo, la vida te demuestra que nadie es mejor que nadie y que hasta el más hijo de puta tiene su club de fans.
Vivimos un juego y morimos en él como mueren los peones a cargo de las torres en un tablero de ajedrez. Olvidamos la esencia de la vida y obsequiamos a nuestra alma con las mayores injurias jamás escritas. La conciencia brilla por su ausencia y la capacidad de raciocinio que nos distingue de nuestros compañeros del reino animal es tan tímida que pocas veces se atreve a hablar más alto que los demás. La felicidad pasa al mundo material, y el mundo espiritual se presenta en la cartelera de los mejores cines. Los valores son intercambiados por alcohol, y la preocupación por el libre albedrío. Los cánones de vida son establecidos por un organismo amoral y sus súbditos los aprueban democráticamente. La vida tal y como la conocemos no es más que el fruto de un conjunto de libertades y evolución en manos de las mentiras más grandes jamás contadas.
Los escondites ganan aliados, mientras la puesta en escena no pierde efectivos. Compleja paradoja y a la vez cruel realidad marcada por la falsedad. Una vez que se ha perdido lo más importante, es absurdo tomar decisiones. Cuando no vemos la realidad, no sirve de nada tomar cartas en el asunto. Cuando las nubes sobrevuelan tu cobertizo, pocos son los que pueden echarte una mano. Y el conjunto de toda esta palabrería sin sentido aparente no es más que la impotencia observada desde los distintos ángulos posibles, cuyo producto no es más que el abandono del cuerpo en un intento frustrado de adueñarse del alma.
La solución se haya en uno mismo, en lo inamovible, en la esencia, en lo intrínseco. La estabilidad y la paz interior, la felicidad a cargo de uno mismo.
Unai Fernández

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