viernes, 17 de agosto de 2012

Oasis en el desierto

A veces me encantaría que el cielo se callara. Ni el sol, ni la lluvia, ni la nieve se interpondrían entre las barreras de la tierra y la atmósfera. El vacío de un espacio infinito y el paro del tiempo en el momento adecuado para contemplar el comienzo del fin y el fin del comienzo. Una breve pausa, lenta y dolorosa, pero necesaria para indagar en lo más profundo de su ser y hallar la respuesta al futuro próximo antes de que el cielo vuelva a dejar pasar los rayos del sol. 

Muchas veces hubiera preferido la absoluta ignorancia, la mayor de las mayores desdichas y la completa desesperación que da lugar a ese final devastador y a la vez alentador. Una piedra más en el camino no es más que un pequeño camino que recorrer para apartarla del mismo. Mente y cuerpo jugando de la mano una nueva partida contra un nuevo obstáculo semejante a cualquier otro habido hasta el momento. La rutina es sencilla de combatir una vez que la monotonía ha ganado la batalla a la sorpresa. Nada nuevo, nada de lo que preocuparse en exceso. Neuronas recopilando información de células de memoria y un nuevo juego con el manual en mano. 

Cuando la sorpresa se adueña de la monotonía y la deja en segundo plano, es cuando comienza a tomar cartas la incertidumbre. Los malos presagios se auguran, y las ilusiones afloran a flor de piel. Las contradicciones están a la orden del día y las tristezas se ríen de las alegrías, como un día las alegrías lloraron por las tristezas. Un completo espectáculo de sin razones al alcance de cualquier cobarde que quiera coger la capa de valentía por un único instante. El más mínimo error es el comienzo de una intensa autocompasión, la más mínima alegría se pierde bajo el manto de la mentira y cualquier otro suceso no es más que un aliciente más para promover la producción de taladros que faciliten el proceso de autodestrucción del cráneo y sesos. 

En esos momentos en los que las mentiras no se diferencian de las verdades y las confesiones en tu cabeza toman diferentes caminos según los estados de ánimo que bailan al son de las agujas del reloj, son los momentos en los que uno recapacita de la forma más frustrante habida y por haber. El simple hecho de no ser capaz de asimilar la información que le llega, hace que se plantee una realidad que nunca había dejado de ser verídica en su cabeza hasta dicho momento. La crueldad del ser humano nunca rozó límites tan insospechables en su cabeza. Sin embargo, la serenidad hace hincapié en las ideas y valores que una vez construyó sobre la vida y los componentes que la constituyen. 

De nada sirve olvidar, de nada sirve evitar. La realidad, aún puesta en duda, cobra mayor valor que cualquier otra estúpida convicción. Luchar contra tus propias ideas no es más que la mejor forma de perder fuerzas a lo tonto. Sufrir en vano, puede ser la gran oportunidad para disminuir la presión arterial de tal forma que las funciones fisiológicas se vean afectadas nuevamente. Aparcar los sentimientos como si no existieran es la solución perfecta para nunca despedirse de ellos. Continuar con el camino establecido es la solución más sencilla. 

La espera siempre fue peligrosa e incierta. Los arrepentimientos son sus mejores aliados y parece que la vida continúa, en el mismo lugar que un día quedó estacionada. 


Por Unai Fernández

1 comentario:

  1. No se puede luchar contra nuestras propias ideas, lo que hay que hacer es ordenarlas!!

    Interesante Blog... me pasaré más por aquí

    ResponderEliminar