Delante de mi, y de los más de cien homólogos que me acompañan cada día, uno de esos que se hacen llamar profesores, término cuyo uso no creo del todo acertado, ya que dudo que conozca el verdadero significado de docencia.
Mientras él libera su tediosa verborrea, inspirada en alguno de sus múltiples libros cuyos títulos nos anunció en los primeros días de curso con un licencioso deseo de aumentar sus ventas, mi cabeza divaga con reflexiones acerca del impacto causado por los nuevos medios que empleamos para interactuar con nuestros semejantes: Las redes sociales.
Inspirado en el individuo sentado un par de filas más allá cuya atención, ajena a toda explicación del docente, está fija en el Smartphone que sostiene junto a su pierna, bajo la mesa.
Esa abstracción del mundo real que manifestamos en post del virtual no sé hasta qué punto nos causa beneficio. Ahora conocemos, o creemos conocer, más que nunca la vida y los haberes diarios de quién nos rodea. Sin embargo, dónde quedaron las tardes de café para contar qué tal fue la semana. Ya no tienen lugar. Ahora se resumen en una visita más en su cuenta de Facebook.
Estamos sacrificando tiempo para observar el mundo físico que hay bajo nuestros pies, perdiendo la capacidad de valorar las conversaciones sin una fría pantalla de por medio. No somos conscientes de que las redes sociales cada vez tienen más de redes que de sociales.
Ha salido el Sol. Voy a tuitearlo.
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